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Patrimonio Etnofráfico. Oficios minreos

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Corta Atalaya 6.1960.jpg

Perforadores en Corta Atalaya. 1960 ca.

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Título de la secciónEditar

Patrimonio Etnográfico. Oficios mineros. Reflexión

TEXTOEditar

TEXTO: JUAN MANUEL PÉREZ LÓPEZ

CAPITULO 1.- "DONDE ADANES ORGULLOSOS DE SER MINEROS PLENEROS, COMPARTEN IGUALES HORAS, TRABAJOS, SUDORES Y RIESGOS...".

De sol a sol....

Amanece en la Cuenca Minera de Río Tinto, el sol comienza a resbalar por esos ocres y corintios que impregnan la roca de mineral. Ya hace un rato que los mineros saltaron del catre, de ese catre donde no hay sueños, para comenzar una nueva jornada de trabajos y sufrimientos en cualquier pozo oscuro de su querida mina. De sol a sol.

- Buenos días, compañeros. Dijo Juan.

- Buenas. Susurro el grupo en general.

Con un gesto de resignación, Juan se unió a la cuadrilla de mineros que con sus talegos se encaminaban a sus tajos. Con paso firme, casi rítmico, para que el listero al despuntar el sol no apuntara ningún retraso. Ninguna conversación que rompiera el silencio sepulcral de los mineros, Este sólo era roto por el vaivén del río Tinto que acompañaba por todo el carreterín sinuoso del pantano Marismilla.

Juan era un hombre sencillo, hijo, nieto y bisnieto de mineros. Tenía 42 años, aunque por su aspecto parecía tener más, de mediana estatura y complexión fuerte, castaño a juzgar por el mechón que siempre sobresalía de su gorra, inseparable de su cabeza. Ojos marrones tristes pero muy vivos, de aspecto facial muy agradable que siempre ocultaba con media barba. A pesar de la robustez de sus manos, era de los pocos obreros que sabían leer y escribir, y más aún, presumía de conocer las tres reglas. Si no había ocupado un puesto mejor en la compañía era por sus afinidades sindicales, que no políticas, como se jactaba de señalar él en las tertulias de los casinos.

Vivía en Nerva en el barrio de la "Fuente Tomé", junto con su padre, esposa y tres hijos. Manuel, su padre, había sido un hombre de pocas palabras y mucho trabajo; siempre aconsejó a sus hijos que no se metieran en líos, que pudieran obstaculizar el traer el pan de los suyos. Juan siempre contestaba que quería más pan y que fuera más digno. Manuel había sido saneador de la Corta del Lago durante 47 años, entró a trabajar con 15 años, y aún podía haber seguido trabajando si la hernia y la silicosis no lo hubieran dejado impedido. Ahora era "el abuelo" incapacitado sin ninguna pensión vivía con la ayuda de sus hijos.

Desde la Fuente Tome, Juan se unía cada mañana al grupo de compañeros que tenían el paso obligado por el puente del pantano Marismilla.

- Hoy vamos a tener un día bochornoso. Dijo Juan para integrarse en el grupo.

- El grupo de unos veinte obreros estaba receloso y pensativo. Directamente sin aludir a la previsión climatológica hecha por Juan, Germinal preguntó a este:

¿Juan, tu vas a organizar el paro en Fundición, Si o no?.

- Te he dicho mil veces que estas cosas se hablan en el sindicato. Contestó encolerizado Juan.

- Yo confío más en mis compañeros de fatiga que en los señoritingos que andan por el sindicato. Replicó Germinal.

- El sindicato es nuestra fuerza si no nos unimos en torno a él no podremos conseguir nada contra la compañía. Si no estás de acuerdo con algo, dilo en la reunión de esta tarde. Sentenció Juan para acabar la conversación.

El grupo se fue separando y cada obrero fue ocupando conforme llegaba su puesto de trabajo. Juan después de coger un mercancías en Talleres Mina , llegó a la Fundición donde el capataz y listero recogían las últimas fichas, para poder incorporarse al trabajo.

Juan trabajaba como fundidor al lado de los convertidores Bessemer, soportando temperaturas superiores a los 100 grados, y bajo la atenta mirada de capataces y jefes para que no se perdiera ni una porción de cobre blister.

Fueron varios compañeros los que durante la jornada se acercaron a Juan con ojos interrogantes, pero éste rehusó a hacer cualquier comentario por la cercanía de los guardiñas que vigilaban atentamente la producción.

A media jornada, cuando los hombres estaban ya casi exhaustos, el capataz sonó el silbato advirtiendo la hora del almuerzo. Muchos fueron los trabajadores que se apresuraron para compartir el lugar que había escogido Juan para almorzar.

Empezaron a desanudar sus talegos con caras rutinarias, sin esperar demasiado de lo que se hallaba dentro.

- José al comprobar lo que había dentro, grito malhumorado: Ya estoy harto de sardinas embaricá. Pinche trae agua para echarlas para abajo.

Se levantó del suelo de mala gana un muchacho de no más de 11 años, dejando en el suelo el trozo de pan y torrezno que estaba comiendo y se acercó a José ofreciéndole una cántara de madera que pesaba probablemente más que él.

- Deja comer tranquilo al "niño", que también es la hora de su almuerzo. Replicó Serafín, moldeador de briquetas, antes de pasar por los hornos.

Miguel López, obrero muy querido por sus compañeros, pero joven imprudente y temperamental. No pudo reprimirse más y empezó a decir una retahíla de preguntas y aseveraciones, en tono bajo pero agitado:

- Es que no podemos seguir así... Con 20 reales no tenemos ni para el pan que necesitamos. Y ¿Si caemos enfermos? eh Nuestros hijos pasaran hambre. Si no trabajamos ninguno a la compañía le dolerá la cabeza. He oído que los de Corta van a parar, y que nos tachan de esquiroles. Desde luego los mineros tienen dos cojones.

Juan lo miro inquisitorialmente. No dijo nada agachó la cabeza y mordió con rabia el trozo de pan y tocino que tenía entre las manos. Guardando la fruta que traía en el talego y anudándolo de nuevo.

Miguel espero impaciente con el rostro desencajado, respuesta de algún compañero, pero todos callaron. El silbato del capataz llamándolos de nuevo al trabajo disolvió la reunión.

De regreso a su casa, al atardecer, Juan era un hombre nuevo, redimido, feliz; sus dos hijos más pequeños, Monolito y María de 13 y 7 años, cada día lo esperaban en la carretera del dique. Cuando los veía se le iluminaban los ojos, todos sus sufrimientos merecían la pena, sólo por verlos a ellos. Se apartaban los tres al lado del camino entre risas y juegos, a pesar del cansancio, y les obsequiaba la fruta que él no había comido, que nunca comía pensando en sus hijos.

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