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Leyendo el artículo de Angelique Trachana “La evolución del concepto de patrimonio y de los criterios de restauración a través de los documentos internacionales”[1] no puedo más que pensar que dichos documentos, las cartas de restauro del siglo XX, poseen un gran valor antropológico.

En su artículo, Trachana expone que los distintos documentos han sentado las bases teóricas de la restauración, tendiendo a la unificación de criterios y a la normalización de las actuaciones sobre el patrimonio, con independencia del país y de la entidad (pública o privada) que las realice, “aunque cada nación se encargase del cuidado de asegurar su aplicación dentro del cuadro de su propia cultura y de sus tradiciones“. La autora también explica como cada documento ha ampliado el campo de actuación del precedente (hasta abarcar incluso los bienes naturales y los intangibles) y las bases técnico-jurídicas, e incide en el hecho de que cada documento recoge los niveles de concienciación sobre la protección del patrimonio y la ejecución de dicha protección propios de la época histórica en que se escribieron. Los distintos documentos recogen asimismo las pautas a seguir en cada parte de la cadena de la restauración, intentando dar cabida a todos los aspectos que puedan encontrarse durante el proceso.

Por ejemplo, la Carta de Atenas (1931), que marcó el principio de la concienciación y promoción de los valores patrimoniales y de la cooperación internacional en temas de patrimonio, no daba cabida sin embargo a la diversidad de tipos monumentales que no fuesen ruinas de la época clásica. La carta de Venecia (1964), refleja un espíritu plural y tolerante característico de los años 60, y promueve la actuación multidisciplinar en la restauración. La Carta de Restauro ratifica la noción de patrimonio como bien cultural y lo amplía hasta incluir el ambiente en que se sitúa el bien patrimonial, valorando por tanto su utilidad social y contexto histórico, pero denunciando la incongruencia del encierro y el uso incompatible de bienes patrimoniales que acaban en definitiva denigrándolos. En este sentido, la Carta de París (1972) da un paso más, considerando conjuntamente el “bien cultural” y el “bien natural” y cada vez más, en las sucesivas cartas se van incorporando nuevos aspectos jurídicos, administrativos y de contenido social.

En el recorrido que hace Trachana por la evolución del concepto del patrimonio y de los criterios de restauración me ha resultado interesante observar que la evolución descrita de estos documentos los convierte no solo en guías para la protección y restauración, sino en documentos de un valor antropológico enorme, ya que su contenido refleja el “sentir” del entorno y las prioridades, no solo a nivel material, sino también espiritual, de la sociedad en el periodo específico en que se han redactado. Cuando digo sociedad, me refiero a la sociedad “intelectual”, que es al fin y al cabo la que redacta dichos documentos, incluyendo y/o considerando el resto de grupos sociales.

Me pregunto si dentro de 100 o 200 años, estas cartas serán objeto de estudio en si mismas desde el punto de vista antropológico, para entender como tal evolución del concepto del patrimonio pudo desarrollarse paralelamente a la involución de los valores humanos que, en la práctica, demuestra la sociedad en la que vivimos a medida que "avanza".


[1] Trachana, A. “La evolución del concepto de patrimonio y de los criterios de restauración a través de los documentos internacionales”, Cuadernos de Restauración del Instituto Juan de Herrera de la Escuela de Arquitectura de Madrid, II, Documentos Internacionales, Madrid, 1998, pp. 1-5.

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